Wilde, Eduardo (1842 - 1913)
Este autor también es conocido como Faustino Eduardo Wilde
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Médico, periodista, político, diplomático y escritor, naturalizado argentino, nació el 17 de junio de 1842. Falleció en Bruselas el 5 de septiembre de 1913. Era nieto de un inmigrante inglés, Santiago Spencer Wilde, e hijo de un médico y militar argentino, Diego William Wilde, y de una dama tucumana, Visitación García, que buscaron refugio en Tupiza para eludir la persecución de la dictadura de Juan Manuel de Rosas (1829-1852). Existe controversia en torno a su fecha de nacimiento, ya que diversos textos argentinos la sitúan en 1844. Sin embargo, la partida de bautizo original, descubierta por el cronista tupiceño Francisco Salazar Tejerina, confirma que el escritor nació el 15 de junio de 1842, como recuerda Castañón Barrientos en su artículo «Tupiza, tierra natal del escritor argentino Eduardo Wilde» (Boletín AAL XLIV, 1979). Wilde fue inscrito inicialmente con los nombres de Faustino Ignacio, aparentemente por error, cambiados, acto seguido, a Faustino Eduardo, según consta en la nota aclaratoria de la misma partida. El documento precisa que vio la luz en Choroma, una comunidad perteneciente al municipio de Tupiza, donde trabajaba su padre. «Yo nací en una aldea, en Bolivia; mi padre estaba emigrado, siempre, siempre emigrado; emigrado en todas partes», escribió en el autógrafo de Prometeo y Cía (1899).
Su abuelo fue llamado a la Argentina para organizar la contabilidad del Banco Oficial, donde introdujo los libros de registro por partida doble, toda una revolución para la época, y su padre se incorporó al ejército del Partido Unitario, de tendencia liberal, hasta que se vio obligado a emigrar a Bolivia, llegó a Tupiza sin recursos. Al establecerse en el pueblo, abrió una tienda, que prosperó rápidamente y que permitió a su familia alcanzar «una situación modesta, pero eficiente», pero –como escribe su hijo– «fue atacado de la fiebre de las minas». Cerró el comercio y adquirió una concesión minera en Choroma en busca de fortuna. Trabajaba de lunes a sábado. Los domingos se trasladaba a caballo a Tupiza con las alforjas llenas de frutas, pasteles, dulces y algún juguete para departir con su familia, visitas que el escritor recordaba con añoranza. Al principio le fue bien, pero, al decrecer los rendimientos, dejó el negocio minero. No le fue fácil sacar adelante a una familia de ocho hijos sin pasar grandes penurias. Un vecino generoso le prestó una casa para que la habitaran gratuitamente. La prole vivía «a favor de donativos o préstamos», que les hacían su benefactor, su hermano y el párroco del pueblo. «Llegó un día en que estos recursos tocaron a su fin y entonces fue necesario recurrir a una operación financiera dolorosa»: la venta de algunos objetos de plata fina, filigranas, y otros dijes de valor, que habían recibido como regalos, lo que le «la familia pudo vivir ocho días».
Su madre, Doña Visitación, había sido educada en los principios más severos de la religión católica, apostólica y romana.
Eduardo Wilde tenía tres hermanas: María, Cristina y Vicenta, y cuatro hermanos: Tomás, Gregorio, Patricio y Alberto. «Las dos mayores eran muy lindas y lo parecían aún más en Tupiza, donde no abundaban las gentes blancas y de origen exótico», recordaba el escritor. «María era de tipo francés, heredado de su abuela paterna; Cristina parecía una inglesa nacida en el centro de Londres». Como la educación en Tupiza era insuficiente, el párroco del pueblo, amigo de la familia, les costeó el viaje a Sucre para que estudiaran en un colegio religioso durante más de un año. Eduardo aprendió a leer y escribir en la escuelita de Don Isidro, a la que asistían los hijos de las «familias más o menos selectas», en una época en que todavía se escribía con plumas de ave. Acudía con la cartera de libros y cuadernos en bandolera, munido de un canutero, un trozo de caña lleno de agua, en la que se remojaba las plumas ya tajadas.
Eduardo Wilde García no tuvo el mérito ni la culpa de haber entrado al mundo por Tupiza. Así lo dijo. Pero también dejó dicho que si le hubiera sido posible escoger un lugar para nacer, habría optado por ese pueblo, una villa «modesta, elemental y rara», donde «no había periódicos, ni demagogos ilustres, ni tribunos hipócritas y abnegados, ni defensores profesionales de los derechos del pueblo, nombrados por sí mismos».
Según dice el prof. Eduardo Fraschini, el primer matrimonio de Wilde, celebrado en 1865, fue con Ventura Muñoz Acosta de Zavaleta, viuda con cinco hijos. El matrimonio no fue muy armonioso. Estuvieron separados por un tiempo, y tuvieron dos hijos, Diego y Eduardo. Ella murió en 1884, y al año siguiente Wilde se casó con Guillermina de Oliveira Cézar, una jovencita de 15 años con la que no tuvo hijos. Se dijo que ella fue amante del general Julio A. Roca, dos veces presidente de la Argentina (1880-1886 y 1898-1904). Lo cierto es que fue una persona culta e inteligente, que acompañó a Wilde en sus viajes por Europa y participó de importantes reuniones de políticos y diplomáticos.
El historiador Félix Luna, en su libro Soy Roca, biografía novelada del presidente homónimo, cuenta detalles de la relación algo distante de Wilde con su joven esposa. El periodista Hugo Alconada Mon, en su reciente novela La ciudad de las ranas, que transcurre en la década de 1880, muestra a Guillermina como una mujer frívola, bella y amiga de coquetear. Pero esto es literatura, como diría Verlaine.
Fundador de las letras tupiceñas, Eduardo Wilde evoca su pueblo natal en su novela autobiográfica póstuma Aguas abajo, publicada en 1914, en la que relata la infancia de Boris, su alter ego –«Boris existe, luego nació»–, un niño que creció entre los sauces llorones, los maizales y los árboles frutales de la campiña tupiceña.
La aldea que lo vio nacer a mediados del siglo XIX tenía solo dos calles, «la calle izquierda» y «la calle derecha», nombres que le parecían injustificados, puesto que la izquierda era más derecha que la otra y ambas cambiaban de nombre según la dirección que tomaba el transeúnte; una villa, en fin, donde «no había pueblo, propiamente hablando, sino un reducido número de habitantes», que «trabajaban mansamente, se divertían en las fiestas, rezaban a sus santos, enterraban sus muertos (muy pocos) y dejaban correr la vida según como venía».
En Aguas Abajo, publicada un año después de su muerte, Wilde dejó constancia de su amor por Tupiza. La obra –dice Castañón Barrientos– contiene «una sensitiva evocación de la tierra de nacimiento que está diciendo a las claras cuán indelebles fueron sus huellas en la vida del escritor». Cuenta en ella que pasaba el tiempo a orillas del río, salía a cazar torcazas a la campiña de Palala, en los alrededores de Tupiza, y visitaba Remedios, una «aldeíta» enclavada en un «paisaje divino», para asistir a misa en «una iglesia triste, pobre, sola, como dolorida de algún abandono muy lejano», sin bancos ni sillas ni alfombras, con santos «poco dispuestos a recibir visitas», ante quienes se arrodillaba, echando a tierra su pañuelo, para escuchar extasiado las melodías que salían del órgano parroquial.
No se sabe cuántos años radicó en Tupiza. La novela se circunscribe a su primera infancia. Según su editor, el hecho de que haya escrito el último capítulo en julio de 1913, dos meses antes de su fallecimiento, y el índice, formulado de antemano, sugieren que la obra «no ha sido terminada, si bien por su forma puede darse por tal en cada capítulo».
Estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Se graduó en marzo de 1870 con una tesis sobre el hipo, un estudio novedoso para su tiempo, en el que se preguntaba si el hipo «se presenta siempre como manifestación de una dolencia, es decir como síntoma, o si es en la mayor parte de los casos una enfermedad esencial, pasajera o de más larga o más corta duración». Fue profesor en la misma universidad y en el Colegio Nacional. Ejerció diversos cargos políticos, como diputado de la provincia de Buenos Aires (1874), diputado nacional (1876), ministro de instrucción pública (1880), ministro del interior (1886), presidente del Departamento Nacional de Higiene (1898) y embajador en los Estados Unidos (1900). Entre 1889 y 1896 viajó varias veces por Europa, Asia, África y los países americanos.
Como escritor, incursionó en diversos géneros (ensayista, cuentista, novelista, memorialista, etc.), y ha sido destacado como humorista y sutil crítico de la vida y costumbres de su tiempo. Entre sus principales obras figuran: El Hipo (1870), Tiempo perdido (1876), Viajes y observaciones (1899), Por mares y por tierras (1899), Prometeo y Cía (1899), Aguas abajo (1914) y Mar afuera (1918). Colaboró como editorialista en Tribuna Nacional, La República, El Diario, La nación argentina, El nacional, El pueblo y la Revista argentina (1869). Su obra completa está reunida en 19 volúmenes, pero solo tres contienen trabajos relacionados con las letras (Prometeo y Cía, Aguas abajo y Tiempo perdido).
Eduardo Wilde formó parte de la llamada Generación del 80, un grupo de escritores e intelectuales argentinos que destacaron en la última década del siglo XIX, integrado, entre otros, por Nicolás Avellaneda, Lucio Mansilla, Carlos Pellegrini, José Evaristo Uriburo, Roque Sáenz Peña y Miguel Cané, con quienes, según Carlos Castañón Barrientos, «se codeó de igual a igual en talento y señorío».
Castañón Barrientos dice que Wilde descolló en el mundo de las letras como humorista. «Debe tenerse presente –escribió– que la literatura latinoamericana se caracteriza por la escasez de escritores sobresalientes en aquel género, tan agradable de leer como difícil de producir. Wilde poseía un irreprimible sentido del humor. A modo de ejemplo de lo dicho podemos anotar que su tesis para optar el título de médico versó sobre el hipo, dolencia que provoca la risa aun en casos graves».
En un artículo sobre el «arte de escribir de Eduardo Wilde», publicado en la revista Anales de la literatura hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid (1973/1974), la filóloga hispano-argentina María Luisa López Grigera lo describe como «el más fino humorista» de la Generación del 80, «una de las mentes más sensibles y abiertas a las corrientes que soplaban en Europa en arte» y «uno de los espíritus más universales de su tiempo», pero, al mismo tiempo, lamenta la «escasa crítica» sobre su obra y que apenas se le conozca fuera de Argentina. López Grigera cita al crítico argentino Rafael Alberto Arrieta, quien considera a Wilde «el humorista por antonomasia» y, como la mayoría de los críticos, vincula su humor con el de Charles Dickens.
El escritor, ensayista y crítico argentino Enrique Anderson Imbert, citado por Castañón Barrientos, destaca en su Historia de la literatura hispanoamericana la «habilidad repentista» de Wilde para la «frase original» y la «rara sensibilidad expresada en imágenes audaces», y señala que su autobiografía «es de las más ricas en esa generación argentina de autobiógrafos». Las docentes y escritoras argentinas María de Lacau y Mabel de Rosetti, citadas por el mismo Castañón Barrientos, ponderaron su «humorismo relampagueante y a menudo mordaz», así como «el cuidado con que elegía los adjetivos y su temperamento honda mente sensible bajo la máscara irónica».
En la estación ferroviaria de Wilde, ciudad de la comuna de Avellaneda (Buenos Aires, Argentina), hay una placa que dice que el nombre de la localidad es un homenaje a José Antonio Wilde, tío de Eduardo, autor de una historia de la ciudad de Buenos Aires. El hospital se llama Dr. Eduardo Wilde.
Bibliografía consultada
Castañón Barrientos, Carlos, «Tupiza, tierra natal del escritor argentino Eduardo Wilde», Boletín Academia Argentina de la Lengua, XLIV, Buenos Aires, 1979.
López Grigera, María Luisa, «En torno al arte de escribir de Eduardo Wilde en “La lluvia”», Anales de la literatura hispanoamericana, vol. 2/3, 1973/1974.
Salazar Tejerina, Francisco, Leyendas y tradiciones de Tupiza, La Paz, Talleres de la Empresa Offsetec Gráficas, 1981.
Wilde, Eduardo, Aguas abajo, Buenos Aires, Talleres Casa Jacobo Peuser, 1914.
Wilde, Eduardo, El Hipo, Buenos Aires, Imprenta Americana, 1870.
Wilde, Eduardo, Prometeo y Cía, México, Biblioteca Virtual Universal-Editorial de El Cardo, 2003.
Autor: Juan Carlos Salazar del Barrio, con contribuciones de Alfredo Fraschini
Fecha de publicación: 2025
Obras del autor
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«Arrendamiento de las obras de salubridad de la capital: discurso pronunciado por el dr. Eduardo Wilde, ministro del interior, en sesiones del 6, 7 y 8 de julio 1887»
, 1887
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